domingo, 5 de abril de 2020

El mundo pese a todo.






Por Marlon Meza Teni.
          
             Es viernes 27 de marzo cuando enciendo la televisión y el Presidente asegura con el rostro marcado por el desvelo: “estamos apenas entrando a la fase más crítica de una guerra contra un enemigo invisible y los próximos quince días serán más difíciles que los que acabamos de vivir”. Poco después anuncia una prolongación del confinamiento hasta el 15 de abril. Los médicos del sistema privado y los estudiantes en medicina son convocados por el gobierno para reforzar los equipos de asistencia. En Francia todo sigue detenido, salvo el personal sanitario, las enfermeras, las tiendas de alimentos, los barrenderos, los equipos de limpieza, los equipos de manutención mínima y fabricación de material para proveer a los hospitales, los repartidores, los transportistas, los agricultores, los pescadores, el personal de los supermercados, toda esa gente que gana poco y a la que el gobierno y la policía a golpeado hasta hace unos meses en las calles cuando con chalecos amarillos reclamaban mejores condiciones. Son ellos los únicos que siguen haciendo funcionar al país, hombres y mujeres desapercibidos cuando el mundo avanza al ritmo desquiciado de las finanzas y los ojos puestos en lo rentable, lo provechoso, lo remunerador, lo lucrativo. Son ellos los héroes. 
           Un confinamiento es algo muy parecido a una dictadura, le escribo a una periodista que me pide una visión personal para un artículo… Un encarcelamiento en donde mi libertad individual se ve confiscada por decreto para salvaguardar el interés general de la población, y evitar que la epidemia se propague. En mi caso, estar confinado provoca una intranquilidad que me envía a los años de adolescencia. A una época de represión militar cuando salía de casa para estudiar una clase retrasada de matemáticas, o recibir una de piano, y miraba a mis viejos y a mis hermanos sin saber si regresaría en la noche, o si alguien en la familia faltaría y su nombre amanecería engrosando la lista de secuestrados y asesinados que a diario llenaban las páginas de los diarios. En el encierro me topo con una serie de emociones pestilentes que me recuerdan aquel período. Las dictaduras van dejando heridas profundas que he vuelvo a sentir cuando cierro la puerta y bajo sin prisa las gradas para salir por una baguette, y descubro a la poca gente con la cara cubierta evitándose o cambiando de acera para no cruzar a nadie que venga en sentido contrario. Los canales transmiten día y noche cifras, y muchísimas imágenes de muerte y de guerra contra el virus en los hospitales. Hay que verlas para creerlas. Después de unos días por fin pude leer algunas novelas, aunque en realidad no logro concentrarme en nada salvo en la escritura durante la madrugada, y en el piano por las tardes. Al tercer día de encierro el silencio llegó a tal punto en mi edificio que los vecinos me enviaron mensajes pidiéndome que no dejara de tocar el piano. De la música emergen innumerables posibilidades de escape por donde brota también una forma de quietud, y desde entonces procuro llenarles las horas con Bach, y algunos temas de Jazz. El nivel de ruido bajó 4 decibeles en toda la ciudad y el piano es mi pequeña contribución para mantener una forma de ánimo en los demás, aunque a veces a mí me falte.  A las 20.00 horas en todo el país salimos a las ventanas para aplaudir a los médicos y enfermeras que están luchando en condiciones muy difíciles. Antes de la cena tomo notas y escribo con rigor durante la noche cuando todo mundo duerme, aunque ya no escribo lo habitual, ni lo que escribía antes de hallarme confinado. Todo parece ser un ejercicio de introspección por donde van surgiendo recuerdos de infancia que en situaciones normales nunca hubiera podido escribir. Conforme pasa el tiempo he llegado a perder la noción de las fechas y del día en que estamos. Echo de menos salir a fotografiar las calles, porque siempre ha sido un ejercicio recurrente en mi vida desde que llegué a Francia. El virus arrasa sin distinción de clases, pero en París de nuevo se pueden ver las estrellas que habían desaparecido detrás de una sombra permanente de contaminación fabricada por el hombre. Algunas ciudades ya decretaron toques de queda entre las 22.00 y las 5.00 de la mañana, y el gobierno declaró 25 nuevos decretos de urgencia para reforzar el sistema laboral y el económico. Todos mis contratos de artista fueron anulados hasta finales de abril y probablemente lo mismo sucederá en mayo. Con los días descubro mi departamento de forma distinta. La rutina había borrado detalles curiosos. Tengo una colección innombrable de corchos de botellas de vino sobre el refrigerador con los que pensaba fabricar algo que nunca fabriqué. Leo la poesía implacable de Nicanor Parra, Hojas de hierba de Walt Whitman, y las microficciones de Regis Jauffret. Durante la madrugada del domingo cambiamos de hora y el invierno quedó atrás en la más total indiferencia. A las dos de la mañana los relojes de todos los aparatos electrónicos saltaron y dieron las 3:00 a.m. El planeta ya giró como siempre en esta época del año, de tal forma que al sillón de la biblioteca y a mi habitación llega un sol tibio que dura hasta tarde aunque en las calles el tiempo permanezca helado. El pánico a la escasez de papel toilet de las multitudes citadinas por fin fue perdiendo su exaltación, y en mi cuaderno de ideas escribo: …Todo empieza con la cara de un grupo de científicos extraterrestres que siglos más tarde descubren que en el planeta Tierra hubo vida, pero ignoran que un virus consumió a la humanidad entera, y como único punto de orientación para investigar lo sucedido se topan con el resto de miles de refrigeradores repletos de papel toilet en el congelador.
          Todos los días, a las 19:30 horas, el director de la Salud en Francia, Jérôme Salomon, aununcia  en conferencia de prensa un pormenor minucioso de las cifras en aumento de la epidemia; del número de casos por contaminación, y el de las últimas 24 horas; el de los casos graves en reanimación; el del total de personas fallecidas desde el inicio de la epidemia, y el del creciente número de decesos, y finalmente cierra con el detalle alentador del número de personas recuperadas ya fuera de peligro que han dejado una cama o una máquina de asistencia respiratoria libre en los hospitales que están a punto de colapsar. Por primera vez en la historia el ejército aplica la Operación Morphée, un plan de evacuación utilizado durante las guerras, para evacuar ahora enfermos por avión y helicópteros hacia hospitales menos saturados en el héxagono. Pienso en Guatemala y en las estadísticas y precauciones que leo en las redes, y que hacen pensar más bien en una imitación de acciones para estar a la moda con Europa, aunque el sistema de hospitales y de atención médica sea insuficiente en caso de una propagación repentina. Pienso en el apocalipsis de San Juan que leí tantas veces, pero también en los libros de ciencia ficción de Philip K. Dick, Ray Bradbury y Aldous Huxley, que asimismo hubieran podido ser parte de un evangelio de predicciones absurdas. Mi único contacto con el mundo exterior aparte de la panadería siguen siendo las redes sociales y las ventanas que se abren sobre el jardín y las calles desiertas. En estos días mi abuela hubiera cumplido más de un siglo, mi abuela, que a su vez vivió  toda su vida en un confinamiento social y salvaje por haber nacido mujer en un país contaminado por un machismo patológico. Vivimos en un mundo de plagas en donde al final un virus es lo de menos. Casi no respondo llamadas porque no estoy con ánimo de escuchar improbables soluciones que no vienen al caso si se trata de amigos que se aburren, y del miedo al exceso de libras que se va acumulando en la cintura, si se trata de amigas. El sobrepeso es el precio a pagar cuando se vive a dieta de libertad. Resulta irónico, pero algunos representantes del comercio de la cultura liberan de todo en las redes, desde libros, películas, discos, conciertos, hasta paseos por museos y exposiciones. Por su lado, la juventud parece menos afectada por la violencia del confinamiento, probablemente porque nacieron con la mirada en un mundo virtual, y llevan a la realidad metida en pantallas que se sacan o se guardan en el bolsillo. 

Nunca París ha estado más bella. Vacía, despojada de gente, envuelta en un silencio irreal.  La avenida de los Campos Elíseos amaneció una mañana llena de ardillas. El  aire inesperadamente es más respirable mientras la ciudad desierta se viste a solas de primavera. Habrá que vivir encerrado en lo venidero si en condiciones normales el ser humano deja más huellas aniquilando que pactando con la tierra. El virus es una increíble lección de orden social y de igualdad en medio de todo, y poco le importa quién seas. Son las 3h43 de la mañana. Al día de hoy, 10,930 personas en Francia han sanado del coronavirus y están fuera de peligro. Dentro de algunas horas voy a sentarme a tocar el piano para los vecinos del edificio. El mundo pese a todo es un lugar hermoso.




París, 1 de abril
Primavera de 2020.



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viernes, 3 de abril de 2020

Licencia para seguir viviendo






Por: Marlon Meza Teni


Son casi las dos de la mañana. Empieza el segundo día de confinamiento en Francia, y nada me sorprendió más del primero que el silencio sepulcral de las calles y del edificio. El ronroneo de los carros en las ventanas desapareció por completo. Los gritos de la guardería no están más del lado de la cocina como si de repente los niños hubieran sido secuestrados por una nave extraterrestre. El silbido de un pájaro solitario y muy pequeño en el jardín me recuerda que estamos a las puertas de la primavera. Me desperté pasadas las doce del día. No logré conciliar el sueño sino hasta las siete de la mañana, alerta, ansioso, temeroso de pensar que el virus invisible se hubiera metido en mi departamento por el rincón menos pensado. Abrí los ojos cuando la luz del teléfono se encendió con un nuevo mensaje del gobierno y las indicaciones estrictas de algo que de pronto se asemeja a la privación de mi libertad, la misma de la que siempre me he jactado desde que llegué a Francia. Se trata de un decreto que en lo inmediato limita mis movimientos y me impide cualquier forma de sociabilidad con los demás ‘hasta nueva orden’ para evitar la propagación del virus. Un mandato que me recuerda la dictadura de Guatemala y el tonel de frijoles que mi mamá llenaba cuando surgía el rumor de un golpe de Estado. Pero esta vez se trata de un agente infeccioso en busca de células por donde replicarse. Leo en la pantalla de la computadora el documento con las directivas, un salvoconducto sin el cual ya no podré salir a la calle por algunos minutos sin correr el riesgo de que me pongan una multa por desobediencia a las consignas del la fase de alerta 3, y al estado de epidemia rápida declarada por el Presidente. Leo el intitulado. “Permiso de desplazamiento de excepción”. Lo imprimo y lo lleno… ‘El abajo firmante, Marlon Meza Teni, nacido en la siguiente fecha… y domiciliado en la siguiente dirección… declaro que mi desplazamiento está vinculado al siguiente motivo (marcar la casilla correspondiente), salida autorizada por el artículo primero del decreto del 16 de marzo de 2020 por la que se regulan los desplazamientos en el marco de la lucha contra la propagación del virus Covid-19… Pongo una equis en la casilla ‘desplazamiento para efectuar compras de primera necesidad en los establecimientos autorizados’. Llego al pie del documento. En la ciudad de París el día 17 de marzo de 2020… Firma. Mi firma esta vez me parece un compromiso de sometimiento arrancado a mi voluntad, al que no estoy acostumbrado. Me pongo la chaqueta. Abro la puerta del edificio. Camino hasta la esquina. El boulevard está totalmente despoblado. No hay nadie en las calles del barrio. Voy a la farmacia en donde me espera un paquete. Por primera vez las farmacéuticas tienen puestas máscaras de protección. Se les nota agotadas. Salgo de ahí, atravieso la calle y me pasó a la panadería, de costumbre repleta y a la que  por primera vez descubro desierta. Las dos jóvenes que atienden también tienen máscaras de protección. Pregunto por la tercera,  pero ha sido despedida por un recorte súbito del personal. Ya no me ven ni me saludan como de costumbre porque el confinamiento de la víspera inauguró en todos la suposición, el recelo, y todos sospechamos de los demás porque todos somos susceptibles de vehicular el virus en cualquier gesto torpe; al saludar, al abrirnos la chaqueta y sacar la billetera, al extender la mano con el dinero, o al inclinar el cuerpo unos centímetros de más. De un tiempo para acá yo mismo dedico varios minutos de mi vida a desinfectar todo lo que puedo con un paño húmedo de alcohol cuando vuelvo a casa, desde las llaves hasta los interruptores de la luz que probablemente rocé antes de quitarme la ropa destinada para ir al exterior de casa. ‘Aléjese mientras paga’, me dijo el domingo el cajero del supermercado cuando le puse enfrente un frasco de mermelada y algunas botellas de agua encontradas en medio de las estanterías vacías. La chica de la panadería me da el pan y el cambio sin verme a la cara. En el suelo esta vez hay líneas que fijan con precisión los límites y el espacio de seguridad que deben respetar los clientes entre los empleados. A menos de dos metros la ansiedad nos acapara. No me he tardado más de diez minutos afuera pero estoy de nuevo camino a casa. Al llegar a la esquina veo por primera vez a un grupo de hombres vestidos de civil, todos tienen un brazalete anaranjado de la policía en el brazo izquierdo y caminan con cierta autoridad sobre la calle. Ignoro por qué pero busco testigos en alguna parte de algo que no ha sucedido. No encuentro a nadie en las ventanas de los edificios y los comercios están cerrados. La pizzería y los restaurantes tienen las persianas de metal abajo, y de pronto me siento como Stalker, el personaje de Andrei Tarkovski caminando en la Zona, y mi barrio no es sino un vasto no man’s land en donde probablemente también cayó un meteorito que dejó un ambiente de desolación. Me ven de pies a cabeza con el pan en la mano y la bolsa de la farmacia, y sin que me lo pidan sacó de la chaqueta mi permiso de desplazamiento de excepción, pero me dejan pasar al ver una hoja doblada en cuatro a la que sin duda empiezan a acostumbrase y les resulta cada vez más familiar. Más adelante tienen detenida a una mujer africana a la que están explicando que no puede salir más a la calle sin ese salvoconducto oficial en donde debe declarar sus movimientos por el sector. En el lobby del edificio no hay un ruido, ni siquiera el perro del cuarto piso olfateando bajo la puerta, o la guitarra del estudiante del tercero. Cuando abro la puerta lo primero que veo en mi departamento son los libros que decidí leer durante el tiempo que dure el confinamiento, pero no tengo ánimo de abrirlos. Desinfecto como siempre todo lo que toqué y todo lo que traía entre las manos. Abro las ventanas, el aire es distinto, frío pero más fresco. Me siento frente al piano para cambiarme las ideas y durante algunos minutos toco el Aria de las variaciones Goldberg de Bach, que resuenan en las gradas y la calle. Cuando termino me levanto y desdoblo de nuevo mi  permiso de desplazamiento de excepción y lo leo varias veces como intentando metérmelo bien en la cabeza. Es la madrugada del 17 de marzo. En Francia hay 17,730 casos de infección y 75 personas muertas en los hospitales, y en ese momento ignoro que una semana después, el martes 24 de marzo, habrán 22,300 enfermos contaminados, 2,444 casos más que el día anterior; 1,100 decesos, de los cuales 240 tan solo en las últimas veinticuatro horas, y 2,116 personas en estado muy grave. Corto un pedazo de baguette y le unto un poco de mermelada. Lleno una botella de agua y riego las plantas de mi departamento. Me siento en el escritorio y escribo: Hoy fue el primer día de confinamiento. Un día de mucho silencio. 
También había un pájaro en el jardín.


París 17, y  24 de marzo de 2020.


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