viernes, 3 de abril de 2020

Licencia para seguir viviendo






Por: Marlon Meza Teni


Son casi las dos de la mañana. Empieza el segundo día de confinamiento en Francia, y nada me sorprendió más del primero que el silencio sepulcral de las calles y del edificio. El ronroneo de los carros en las ventanas desapareció por completo. Los gritos de la guardería no están más del lado de la cocina como si de repente los niños hubieran sido secuestrados por una nave extraterrestre. El silbido de un pájaro solitario y muy pequeño en el jardín me recuerda que estamos a las puertas de la primavera. Me desperté pasadas las doce del día. No logré conciliar el sueño sino hasta las siete de la mañana, alerta, ansioso, temeroso de pensar que el virus invisible se hubiera metido en mi departamento por el rincón menos pensado. Abrí los ojos cuando la luz del teléfono se encendió con un nuevo mensaje del gobierno y las indicaciones estrictas de algo que de pronto se asemeja a la privación de mi libertad, la misma de la que siempre me he jactado desde que llegué a Francia. Se trata de un decreto que en lo inmediato limita mis movimientos y me impide cualquier forma de sociabilidad con los demás ‘hasta nueva orden’ para evitar la propagación del virus. Un mandato que me recuerda la dictadura de Guatemala y el tonel de frijoles que mi mamá llenaba cuando surgía el rumor de un golpe de Estado. Pero esta vez se trata de un agente infeccioso en busca de células por donde replicarse. Leo en la pantalla de la computadora el documento con las directivas, un salvoconducto sin el cual ya no podré salir a la calle por algunos minutos sin correr el riesgo de que me pongan una multa por desobediencia a las consignas del la fase de alerta 3, y al estado de epidemia rápida declarada por el Presidente. Leo el intitulado. “Permiso de desplazamiento de excepción”. Lo imprimo y lo lleno… ‘El abajo firmante, Marlon Meza Teni, nacido en la siguiente fecha… y domiciliado en la siguiente dirección… declaro que mi desplazamiento está vinculado al siguiente motivo (marcar la casilla correspondiente), salida autorizada por el artículo primero del decreto del 16 de marzo de 2020 por la que se regulan los desplazamientos en el marco de la lucha contra la propagación del virus Covid-19… Pongo una equis en la casilla ‘desplazamiento para efectuar compras de primera necesidad en los establecimientos autorizados’. Llego al pie del documento. En la ciudad de París el día 17 de marzo de 2020… Firma. Mi firma esta vez me parece un compromiso de sometimiento arrancado a mi voluntad, al que no estoy acostumbrado. Me pongo la chaqueta. Abro la puerta del edificio. Camino hasta la esquina. El boulevard está totalmente despoblado. No hay nadie en las calles del barrio. Voy a la farmacia en donde me espera un paquete. Por primera vez las farmacéuticas tienen puestas máscaras de protección. Se les nota agotadas. Salgo de ahí, atravieso la calle y me pasó a la panadería, de costumbre repleta y a la que  por primera vez descubro desierta. Las dos jóvenes que atienden también tienen máscaras de protección. Pregunto por la tercera,  pero ha sido despedida por un recorte súbito del personal. Ya no me ven ni me saludan como de costumbre porque el confinamiento de la víspera inauguró en todos la suposición, el recelo, y todos sospechamos de los demás porque todos somos susceptibles de vehicular el virus en cualquier gesto torpe; al saludar, al abrirnos la chaqueta y sacar la billetera, al extender la mano con el dinero, o al inclinar el cuerpo unos centímetros de más. De un tiempo para acá yo mismo dedico varios minutos de mi vida a desinfectar todo lo que puedo con un paño húmedo de alcohol cuando vuelvo a casa, desde las llaves hasta los interruptores de la luz que probablemente rocé antes de quitarme la ropa destinada para ir al exterior de casa. ‘Aléjese mientras paga’, me dijo el domingo el cajero del supermercado cuando le puse enfrente un frasco de mermelada y algunas botellas de agua encontradas en medio de las estanterías vacías. La chica de la panadería me da el pan y el cambio sin verme a la cara. En el suelo esta vez hay líneas que fijan con precisión los límites y el espacio de seguridad que deben respetar los clientes entre los empleados. A menos de dos metros la ansiedad nos acapara. No me he tardado más de diez minutos afuera pero estoy de nuevo camino a casa. Al llegar a la esquina veo por primera vez a un grupo de hombres vestidos de civil, todos tienen un brazalete anaranjado de la policía en el brazo izquierdo y caminan con cierta autoridad sobre la calle. Ignoro por qué pero busco testigos en alguna parte de algo que no ha sucedido. No encuentro a nadie en las ventanas de los edificios y los comercios están cerrados. La pizzería y los restaurantes tienen las persianas de metal abajo, y de pronto me siento como Stalker, el personaje de Andrei Tarkovski caminando en la Zona, y mi barrio no es sino un vasto no man’s land en donde probablemente también cayó un meteorito que dejó un ambiente de desolación. Me ven de pies a cabeza con el pan en la mano y la bolsa de la farmacia, y sin que me lo pidan sacó de la chaqueta mi permiso de desplazamiento de excepción, pero me dejan pasar al ver una hoja doblada en cuatro a la que sin duda empiezan a acostumbrase y les resulta cada vez más familiar. Más adelante tienen detenida a una mujer africana a la que están explicando que no puede salir más a la calle sin ese salvoconducto oficial en donde debe declarar sus movimientos por el sector. En el lobby del edificio no hay un ruido, ni siquiera el perro del cuarto piso olfateando bajo la puerta, o la guitarra del estudiante del tercero. Cuando abro la puerta lo primero que veo en mi departamento son los libros que decidí leer durante el tiempo que dure el confinamiento, pero no tengo ánimo de abrirlos. Desinfecto como siempre todo lo que toqué y todo lo que traía entre las manos. Abro las ventanas, el aire es distinto, frío pero más fresco. Me siento frente al piano para cambiarme las ideas y durante algunos minutos toco el Aria de las variaciones Goldberg de Bach, que resuenan en las gradas y la calle. Cuando termino me levanto y desdoblo de nuevo mi  permiso de desplazamiento de excepción y lo leo varias veces como intentando metérmelo bien en la cabeza. Es la madrugada del 17 de marzo. En Francia hay 17,730 casos de infección y 75 personas muertas en los hospitales, y en ese momento ignoro que una semana después, el martes 24 de marzo, habrán 22,300 enfermos contaminados, 2,444 casos más que el día anterior; 1,100 decesos, de los cuales 240 tan solo en las últimas veinticuatro horas, y 2,116 personas en estado muy grave. Corto un pedazo de baguette y le unto un poco de mermelada. Lleno una botella de agua y riego las plantas de mi departamento. Me siento en el escritorio y escribo: Hoy fue el primer día de confinamiento. Un día de mucho silencio. 
También había un pájaro en el jardín.


París 17, y  24 de marzo de 2020.


Pubicado igualmente
en factor4gt.blogspot.com 

lunes, 19 de marzo de 2018

EN CASO DE QUE GANARA...

 

Buenos días a todos desde París.  Desafortunadamente no he podido estar presente en el fallo del premio BAM de cuentos de este año por cuestiones de distancia geográfica.  De ser leídas estas líneas, gracias Philippe, entiendo que es porque mi libro “Coreografía del desencanto” fue el elegido por el jurado del certamen como ganador del certamen 2018. De ser así, mi primer agradecimiento es para los miembros del jurado por el fallo que imagino siempre suele ser muy difícil. Gracias por el tiempo de su vida y la atención que le otorgaron a mis narraciones (espero que mis personajes, en su mayoría artistas neuróticos, marginales inconformes y casi todos insomnes melancólicos no los hayan desesperado demasiado, pero si así fuera  me alegra porque esa era también la intención) De igual forma agradezco a todos los organizadores de este certamen, al Banco Agrícola Mercantil por el premio en metálico, a la editorial F&G editores y a las personas que en paralelo hacen que un libro más sea posible.
Debo decir que aunque quisiera, hoy me es imposible enumerar los tantísimos detalles que hicieron que este libro resultara tal cual, quizá porque la necesidad de reunir y unificar cuentos  en un libro, es muy semejante a la necesidad de escribir sin saber lo que se va a descubrir, ya que si algo tiene este ejercicio en común es el de la curiosidad de no saber con qué nos vamos a encontrar al final (‘Uno escribe lo que puede y no lo que quiere’ decía Borges, con increíble lucidez) En su mayoría, lo 22 cuentos aquí reunidos empezaron siendo pequeños universos anecdóticos y muy distintos de lo que hoy son. Algunos incluso fueron durante algunos años la tentativa de lanzarme a escribir novelas cortas y hasta dos o tres novelas largas, algo para lo que no soy nada bueno… Quizá por eso preferí dejarlos descansar encima del piano, llevarlos metidos en la mochila a todas partes, tenerlos siempre durante la noche en la cocina o bajo la almohada, hasta que ya pasado cierto tiempo algunos fueron rompiendo el cascarón, y decidieron vivir por si solos, y yo me atreví a retomarlos de nuevo para dejarme llevar por los imprevistos de la imaginación y acompañar a los personajes durante incontables horas de insomnio a lo largo de varios años hasta que llegaron a ser lo que son… ( Ningún autor es bueno para hablar de manera profunda sobre lo escrito y en lo personal desconfío de quienes pueden hacerlo, así que lo mejor va a ser que ustedes lean el libro cuando sea publicado en su momento)  





Una pequeña aclaración:
¿Por qué “Coreografía del desencanto” está dividido en tres partes encabezadas cada una de ellas por tres ciudades distintas?

París, porque se trata de la ciudad en donde he pasado la parte más larga de mi vida. Barcelona, porque es la ciudad fugaz de Europa a donde siempre vuelvo para romper con el malhumor de los franceses y el mal clima de París, y por ser el territorio ideal en donde me  gustaría terminar algún día mi vida. Y Guatemala, por razones que son más que obvias.. y en este punto quisiera subrayar algo importante: … El año en que yo llegué a Francia con una beca del gobierno francés para estudiar música (1985) fue el mismo en que falleció en la ciudad de Albi el escritor guatemalteco Manuel José Arce. Yo nunca lo conocí, aunque más tarde algunos de sus amigos se convirtieron también en mis amigos. Y es un extracto de uno de sus textos (‘Yo no quisiera ser de aquí’) el que se impuso como uno de los epígrafes  que mejor sintetizan el ambiente que planea sobre el ensamble de cuentos que forman este libro. El extracto dice así:  “…uno anda llevando su Guatemala adentro, como un amado cáncer, como una idea fija, como un verde corazón que siempre duele al palpitar y que palpita siempre”.  
La otra parte del párrafo del texto de Arce que omití para no alargar el epígrafe, y que hace referencia a Guatemala dice: “Yo no quisiera estar aquí, Yo no quisiera ser de aquí. Y aunque me duele el dolor del mundo, perdóneseme, pero me duelen menos otros países, que éste.” La omisión no es anodina, y me fue dictada probablemente con cierto optimismo por los mismos personajes de mis cuentos, que me decían que ellos eran capaces de interpretarla o transformarla de forma más esperanzadora, en algunas partes quizá más dramática, en otras tragicómica, y hasta melancólica y absurda, pero siempre desde su propio exilio.
Espero de todo corazón que cuando tengan el libro entre las manos encuentren en él algo que los conmueva, que los irrite, que los divierta, por sobre todo que los distraiga, o lo que sea, pero que no los deje indiferentes.
Quisiera darle las gracias a mi hermana Giovanna, que hoy me representa y está compartiendo con ustedes, porque siempre ha confiado en mis aventuras artísticas desde que éramos muy niños sin ponerme nunca peros y aportándome incondicionalmente confianza, cariño, tiempo y mucho entusiasmo.
Gracias a todos los presentes ahora en Sophos, y gracias a mis amigos editores del Periódico, La Hora, y la editorial Magna Terra que nunca han dudado en publicarme y confiarme espacios en los diarios y revistas con las que por su lado batallan. Espero poder conocer a todos los presentes personalmente cuando “Coreografía del desencanto” se presente en Guatemala. Mientras tanto les va mi amistad incondicional y un cordial saludo desde París.

Posdata:
Si no gané por lo menos este discurso me va a servir  para cuando me den un Oscar en Hollywood junto a Mickey Mouse y  Pluto por los años juntos en Disneyland París. Qué viva la literatura y que viva el Arte.  


Texto enviado desde París y leído por Philippe Hunziker, director general de la librería Sophos, después del fallo del certamen de libro de cuentos BAM 2018. 



viernes, 20 de octubre de 2017

Historia de amor de un 19 de octubre.







Por Marlon Meza Teni.

 

 

Pocas veces en la vida he sido testigo del amor y la devoción que una mujer pueda sentir hacia un hombre, al punto de casi creer que aún este vivo cuando en realidad para los demás ya se haya muerto. Pocas veces algo semejante a la admiración que Blanca Mora y Araujo sentía aún por Miguel Ángel Asturias cuando yo la conocí en 1986 en su departamento de París de la Plaza Saint Ferdinand, y empezamos a trabajar en sus memorias y la recopilación de su correspondencia de amor entre otras cosas. Desde un principio, Blanca nos tomó a Carolina y a mí un cariño que siempre fue recíproco en la soledad de sus últimos años en Francia, quizá porque nos percibía con una mirada distinta y con los mismos ojos con los que se ve al café de exportación guatemalteco cuando no se ha visto y se vive lejos, y por que sin duda alguna el acento y cierto entusiasmo vivaz en ambos le recordaba el lugar de donde venía su Miguel Ángel. Nunca hasta hoy he conocido a nadie con una memoria como la de Blanca de Asturias.  Memoria de fechas, memoria de textos, memoria de nombres, de idiomas hablados con presteza, de  acontecimientos, de charlas, de encuentros, de rincones, de páginas enteras. Memoria de en dónde estaba cada libro y en dónde cada traducción de la biblioteca personal de su departamento pese a que ya se estaba quedando ciega. Memoria de entablar conversaciones interminables, de irse por extravíos y perder aparentemente el hilo y atraparlo tiempo después sin que se rompiera la tensión narrativa y en el momento menos pensado. Memoria de sus viajes con Pablo Neruda, sus paseos con Carol Dunlop y Julio Cortázar. Blanca se sabía de memoria la poesía completa de M.A. Asturias. Varias veces la puse a prueba con una sonrisa. Toda. Pero no solo se la sabía, sino que la tenía impregnada en la sangre. En su voz cualquier frase de Asturias palpitaba. Venía del teatro y la radio de Buenos Aires, y había escrito su tesis sobre ‘El Señor Presidente’, obra de un casi desconocido Miguel Ángel Asturias, antes de toparse casualmente con el escritor en una librería de la capital argentina y enamorarse perdidamente de él desde el primer instante. ‘Miguel Ángel es un Buda Maya’, juraba. Cuando recitaba la poesía de Asturias a uno se le abrían mundos sonoros inimaginables. En su voz no había poema pomposo, mal dicho, ni mal aprendido. Todo era música al estado puro y ella podía pasar de uno a otro sin ningún problema; introduciendo nuevas anécdotas, geografías, lugares precisos y fechas puntuales. A sus ochenta y pico de años también se movía de un lado a otro de su departamento. A menudo su voz inagotable se alejaba en las habitaciones pero enseguida volvía a surgir con nuevas historias de viajes y lugares cada vez más impensables. A veces el teléfono sonaba. Una vez fue Pierre Cardin, otra la secretaria privada de François Miterrand, y otra el mismísimo Fidel Castro. Nunca nos dejaba volver a casa sin contarnos nuevas y más historias de amor y libros mientras nos preparaba 'un pucherito', como llamaba ella a lo que nosotros conocíamos como el cocido guatemalteco. ‘Sin no cenan antes un pucherito no se van a casa, niños’, decía. Muchas cosas agradables recuerdo yo de Blanca, como esa navidad de 1988 que pasamos junto a ella y el pianista argentino Alberto Neuman, un señor a quien quería como a un hijo. Muchas otras como la vez en que la llevamos al metro de París al que nunca en su vida había entrado y nos tardamos la vuelta al globo por habernos olvidado que había que subir y bajar gradas. O las veces en que la acompañamos al cementerio de Père-Lachaise y las horas se nos iban con ella frente a la sepultura de Asturias hablándole de todo. Visitas que yo me prometí continuar más tarde, y que  lejos de volverse un fastidio eran cada vez más fascinantes para nosotros que descubríamos el mundo afuera de Guatemala. Aunque pueda parecer un poco exagerado yo sé  que en sus monólogos frente a la tumba casi se intuían en el aire las respuestas de su Miguel Ángel. Era imposible detenerla cuando se ponía a hablar, porque Blanca en realidad hablaba como cuando cae un aguacero, y sin embargo siempre dejaba una rendija para que le hiciéramos preguntas porque sabían que estas le abrían la puerta hacia el jardín de otros recuerdos. Hablaba como la lluvia, pero como cuando la lluvia cae fuerte es armoniosa y suena sobre la tierra. Muchísimas cosas nos contó y muchísimas cosas me dejaron a mí marcado por el aspecto histórico y literario de un Miguel Ángel Asturias que yo descubrí prácticamente de su mano y a través de esos ojos azules que le brillaban de amor y tristeza cada vez que hablaba de él. Es decir siempre. Un día me di cuenta que todo lo que ella me narraba yo lo estaba escribiendo en una máquina portátil de Miguel Ángel Asturias que no había dejado que nadie tocara. Los años pasaron, tenía que operarse un ojo en Moscú, viajó, y luego se mudó, y solo la volví a ver ocasionalmente en presentaciones de asuntos relacionados con Asturias en París, en donde siempre me abrazaba con el mismo cariño después de haber llegado a la presentación para contradecir a los oradores como una fiera si consideraba que algo no era cierto, o para aclarar las cosas con la misma firmeza y convicción con la que años atrás me había contado cada detalle de su vida con el premio Nobel. Curiosamente, siempre pensé que mientras Blanca estuviera viva era como si Asturias nunca se hubiera muerto. La vi por última vez en la UNESCO de París en 1999 para el centenario del nacimiento de su querido Miguel Ángel, y desde una silla de ruedas la oí hablar con ímpetu sobre la importancia de la ‘Universidad Popular’ y los principios con los que Asturias la había concebido. La oí hablar de pequeños retazos de historias que ya me había contado largo y tendido al calor del corazón durante las tardes de aquellos primeros años de invierno que yo no sabía que para mí empezaban a ser también una vida. Su amor por Asturias era inagotable. Años más tarde el periodista español Ramón Chao, me contó en el pueblo de Sonservera,  en Palma de Mallorca, que Blanca había fallecido  un 19 de octubre, pero aún hoy día nunca he preguntado de qué año, y no sé por qué nunca he querido preguntar. Con la fecha del mes me basta. Un 19 de octubre. La misma fecha en que nació Miguel Ángel Asturias en 1899, y la misma en que obtuvo el Premio Nobel en 1967.  Hay hilos maravillosos de la existencia, la muerte y el amor que quizá no vale la pena tratar de entender para no romper con eso que algunos llaman misterio, magia. Una cita puntual y precisa. Llámesele como quiera.




París 19 de octubre de 2017


jueves, 31 de agosto de 2017

EL PREMIO QUE SE LE OLVIDÓ A ÁLVARO ARZÚ.


Por: Marlon Meza Teni





El 26 de junio de 1997, el entonces Presidente de Guatemala Álvaro Arzú, junto al comandante guerrillero Rolando Morán, vino a recibir a París un premio en nombre de la  paz de un monto de 800,000 francos franceses de la época (110,000 $ dólares estadounidenses, o si se prefiere, más de 1 millón de quetzales) suma que es de suponer fue dividida en partes iguales como reconocimiento por los acuerdos y el cese de la guerra en Guatemala. Un mes antes, el 16 de mayo de 1997, siempre Álvaro Arzú, pero esta vez con Pablo Monsanto de la URNG, habían sido también condecorados en España con el "Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional" y 5 Millones de pesetas,  el equivalente a más de 35 mil dólares hoy día. Pero volvamos al galardón de la UNESCO de París, (con el cual dicho sea de paso han sido también distinguidos, entre otras personalidades: El Rey Juan Carlos I, Nelson Mandela, Jimmy Carter, o las abuelas de la plaza de mayo, de Argentina) porque quizás a muchos se les haya olvidado, o quizá las nuevas generaciones no lo saben, pero tanto a Arzú como a la guerrilla se les reconoció con el "Premio de Fomento de la Paz Félix Houphouet-Boigny". Homenaje y valía que anualmente entrega la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, UNESCO, en París, y que está orientada cito: "...a rendirle homenaje a las personas, organismos o instituciones que de manera significativa hayan contribuido al fomento, la búsqueda, la salvaguardia, y el mantenimiento de la paz respetando la Carta de las Naciones Unidas y la Constitución de la Unesco". (fin de citación).
En su discurso de aceptación del galardón, el mismo Arzú diría textualmente en la capital francesa:“Recibo este premio en nombre de mi pueblo que es quien verdaderamente ha conquistado la paz”, y más adelante “esa paz (…) el profundo sentido de convicción de los actores directos y del pueblo de Guatemala, el cual ha forjado inquebrantable decisión de decir ‘no’ a la violencia”.  Pero de más está rememorar su discurso de antaño para afirmar que hoy resulta vergonzoso -justo cuando los guatemaltecos manifiestan de forma pacífica en medio de un Estado de derecho cada vez más debilitado por una crisis institucional provocada por sus mismos gobernantes-, que este señor, que devenga un sueldo para estar al servicio de su gente sea una deshonra como representante de esos reconocimientos. Porque lo que en realidad revela con su reciente alocución: "Yo firmé la paz… pero también puedo hacer la guerra", no es ni más ni menos que una apología de la guerra solo comparable a la de los fanáticos religiosos de Medio Oriente, que intentan ganar partidarios en conflictos suicidas para desestabilizar Estados aprovechándose de las fracturas sociales y del fuego que se enciende fácilmente en las venas de seres débiles, a menudo sedientos de sangre, y  de escaso juicio.
Quizás resultaría apropiado recordarle sus palabras finales en París cuando dijo: “El proceso que culminó (…) nos dejó como lecciones que siempre que existe una controversia, es preciso para solucionarla comprender las razones del otro y reconocer los errores propios, y que para ello el método es el diálogo respetuoso con un solo objetivo: el bienestar de la patria que es el bienestar de su pueblo”, (fin de citación).
Y es que hoy, al hacer una exaltación de la guerra, Arzú actúa de manera irresponsable como trabajador del Estado al servicio de la población. Lo que nunca estará de más recordarle, son algunos extractos y anexos del premio que le otorgaran en París en junio de 1997, en donde se especifican claramente los motivos del galardón: “…el fomento, la búsqueda, la salvaguardia, y el mantenimiento de la paz respetando la Carta de las Naciones Unidas y la Constitución de la Unesco".  
Y es que en resumen, para avanzar en Guatemala nadie necesita de una paz imprudente, perniciosa, y perjudicial como la que hoy pregona.



Marlon Meza Teni
París, 1 de septiembre de 2017.


     (Photo. Unknown as yet)